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La lengua literaria que nos damos

· Esteban Martínez

Esteban Martínez

No es extraño que aún hoy alguien se descuelgue con aquello de ¿el artista [léase ahora «poeta»] nace o se hace? No me atrevo a decir que sea esta una pregunta falta de sentido pero, sin duda, las respuestas sí suelen carecer de él. A veces las preguntas en el ámbito de la creación deben quedar irresueltas porque en ellas reside la única significación.

De alguna manera la cuestión que me mueve hoy a escribir estas líneas, la de si la lengua literaria se elige o lo elige a uno, puede ser de naturaleza parecida. Pero como no estoy seguro, acepto el reto de indagar en mí, poeta catalán en lengua castellana.

Sé que aún sorprende a algunos el hecho de que habiendo nacido en Figueres y siendo desde hace mucho catalanohablante, mi sentir literario fluya y se exprese en castellano. Esta primera sorpresa, por suerte, no suele ir más allá. No soy en esto, ni en otras muchas cosas, nada excepcional. Es verdad que en mi caso hay circunstancias biográficas que lo explican sobradamente: mi padre, profesor de lengua y literatura, era natural de Murcia y aunque mi madre era y aún es ampurdanesa la lengua del amor primero fue la castellana y así se mantuvo durante muchos años. Cuando yo nací, en el gélido invierno del 62, la dictadura franquista no facilitaba en nada el uso normalizado del catalán fuera del ámbito familiar. De hecho, mi primera clase de y en lengua catalana la recibí, si mi memoria no inventa, cuando yo tenía ya mis 15 años. ¿Qué hace, sin embargo, que haya convertido el catalán en mi lengua habitual, en la lengua con la que doy amor, consejos y esperanza a mis hijos; con la que he pactado incluso los silencios y los sobreentendidos con Àngels, el amor de mi vida? Por otro lado, ¿cómo se explica que ante el papel en blanco o la pantalla del ordenador mis pensamientos fluyan por el cauce de otra lengua? Sí, porque es como lo explico: dos cauces paralelos que alternativamente se llenan de palabras sin aparente control de un «acequiero».

Quizá la cuestión más interesante no sea resolver esos porqués sino explicar la ímproba dificultad para cambiar el curso de los cauces y hacer que desagüen de forma distinta.

Foto: CC by Suzy Hazelwood.

Aunque en mi casa había suficientes libros, bastantes más de los que solía haber en las de mis amigos adolescentes, yo fui un lector forzoso y forzado. El gusto por la lectura y la escritura llegaron a mí tardíamente pero casi al unísono. En la biblioteca familiar la inmensa mayoría de los libros eran de literatura clásica española, de psicología y traducciones castellanas de literatura extranjera. Los de literatura catalana se contarían entonces con los dedos de una mano. Con los años recuerdo algunos de forma especial. Sin duda son los únicos que se incorporaron a mi biografía lectora: La casa de las bellas durmientes, de Kawabatta, Las sandalias del pescador, de Morris West, Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja, Moby Dick, de Herman Melville... Esos serían los libros que no solo me traerían a los 16 años un nuevo paisaje de historias, sino que acabaron despertando en mí una tremenda curiosidad por la lengua literaria.

Poco tiempo después esa curiosidad se convirtió en delectación, en paladeo, en consumo afrodisíaco cuando de la mano de José Sanchis Sinisterra descubrí la literatura latinoamericana en los años del «boom». ¡Cuánta frondosidad en los textos de García Márquez! ¡Cuánto perfume y misterio y exotismo en Lezama Lima, Cárpentier, Silvina Ocampo! ¡Qué español más fresco y matutino el de Manuel Puig o el de Vargas Llosa! ¡Cuánta inteligencia a lomos de la frase de Borges o de Cortázar! Y qué decir de la fuerza volcánica del español telúrico de Neruda... Leía entonces como quien hace una cata. No quiero parecer afectado cuando digo esto, pero entonces las palabras eran para mí mucho más de lo que decían. En Cien años de soledad entendí por vez primera que cien años son casi inabarcables, y que la soledad es la cosa más frondosa que existe en el alma humana. Y en El coronel no tiene quien le escriba supe de la existencia de una tristeza insufriblemente estética, de algo tan hondo que solo puede escribirse con elipsis.

Fue entonces, insisto, cuando la lengua literaria se me mostró como una de las formas más bellas de intimidad. ¿Cómo no explorarla? Y de esta manera se me hizo casi inevitable coger la Olivetti 2000 y empezar a auscultarle el ritmo cardíaco a la máquina al mismo tiempo que el del pensamiento. Porque yo siempre pensé mis miedos y mis angustias y mis soledades en castellano. Nunca he sabido en qué idioma sueño, sin embargo.

Esteban Martínez

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